Durante 23 años tuve 7 empresas en telecomunicaciones, software, inmobiliaria y retail.

Total.
Que abrí negocios.
Cerré otros que no terminaban de chutar (los negocios que no funcionan se cierran o se venden).
Vendí empresas (algunas bien vendidas y otras que me dieron 4 perras)
Tuve socios.
Contraté casi 300 personas.
Despedí gente.
Gané dinero.
También lo perdí.
Dormí regular más de una noche.
Vamos, lo normal cuando uno se lía la manta a la cabeza y se pone a emprender.
Durante años pensé que dirigir una empresa era estar encima de todo.
Montas la empresa y quieres seguir dándole el biberón pasados 10 años.
Revisaba.
Corregía.
Decidía.
Apagaba fuegos.
Me metía hasta en el sopa.
Tenía equipo, pero demasiadas cosas seguían pasando par mi.
Por mi cabeza.
Mi teléfono.
Y mi presencia diaria.
Después de darme cuenta de lo pardillo que era, que tenía a la empresa con el freno de mano echado y yo esclavizado de tantos frentes que tenía abiertos... me di cuenta de algo.
De que mi trabajo no era hacerlo todo.
Mi trabajo era hacer que las cosas se hicieran sin que tuviera que estar encima de todo.
Eso cambió mi forma de dirigir.
Desde 2019 trabajo de mentor de empresarios.
Acababa de vender mi empresa por entonces y pensé que podría ayudar a otros empresarios a que hicieran mejor su trabajo.
Me gusta hacerlo.
Disfruto y aprendo de cada cliente con el que trabajo: de los dueños y las personas que les acompañan.
Un mentor suele ser un tipo calvo que ha superado en carne propia los problemas que dice que resuelve.
Ayudo a fundadores y dueños de empresas que han construido algo serio (a veces grande) pero siguen demasiado atrapados dentro.
Ordenamos los 7 cajones que toda empresa necesita ordenar para ser más competitiva, rentable y duradera sin que el empresario pierda la vida en el intento.
Sin humo.
Sin anestesia.
Sin contarte milongas.
Sin garantías.
Sin calentarte la oreja.
Sin frases bonitas.
Con la realidad (la que sea) encima de la mesa y con una metodología que funciona.
Sé lo que es tener una empresa.
Sé lo que es facturar más y no saber dónde está el dinero (la caja negra le llamo a eso).
Sé lo que es tener encargados que no mandan y seguir siendo imprescindible (seguramente te sobrarán empleados y te falten líderes)
Sé lo que es delegar y no terminar de fiarte (el síndrome del bebé: no dejas que nadie cuide tu "bebé").
Sé lo que es llegar a tu casa a las tantas día tras día y pensar que eso no es vida.
Sé lo que es sentir el miedo de que si tú aflojas, se te cae abajo el cortijo.
Sé lo que es crecer con la casa en obras (vender más también puede hundirte)
Lo sé.
También sé que todo eso se puede arreglar, se puede ordenar.
No en dos tardes, pero se puede.
Liderazgo, foco y decisiones claras.
Márgenes, liquidez y números gordos.
Dónde está el dinero hoy y dónde podría estar mañana.
Roles claros, compromiso y gente remando contigo.
Vender con método, sin urgencias ni apreturas.
Prioridades claras y rumbo definido.
12–18 meses para ejecutar sin fuegos artificiales.